¿Por qué los modelos no sonríen nunca?

Desvelamos uno de los mayores misterios de la industria de la moda...
¿Por qué los modelos no sonríen nunca?
¿Por qué los modelos no sonríen nunca?

Hoy vuelve la mirada acero azul. Hoy se estrena en España la segunda parte de Zoolander (2001), esa parodia del mundo de la moda que terminó siendo absorbida por el propio mundo de la moda y que, con el paso del tiempo, pasó de ser una película con no demasiado éxito en taquilla (unos 53 millones de euros frente a un presupuesto de 28 millones) a una comedia de culto. Tan bien ha envejecido que esta secuela ha conseguido un elenco de cameos que ríete tú de Torrente: desde Penélope Cruz como protagonista femenina hasta celebrities como Kim Kardashian, Kanye West, Justin Bieber, Benedict Cumberbatch o el mismísimo Valentino (quien también apareció en El diablo viste de Prada en 2006). Pero, si algo ha perdurado de la película original a lo largo de estos quince años en el vocabulario popular es la mirada acero azul. No era más que la parodia que Derek Zoolander (el personaje de Ben Stiller) hacía de la cara de modelo que tenemos en mente y que todos hemos imitado alguna vez al poner morritos. Porque, lo reconozcamos o no, llevamos un Zoolander que sale a relucir en cada selfie... aunque en 2001 aún no lo supiéramos.

En la vida real, lo cierto es que sobre las pasarelas o en los editoriales de moda, rara es la vez que vemos sonreír a los modelos (lo de Victoria's Secret es un tema aparte). Zara incluso se enfrentó a una polémica hace pocos meses debido a la actitud, excesivamente triste, de las modelos de sus lookbooks. Pero: ¿por qué? ¿Se debe a estricta dieta? ¿Es por evitar las arrugas? Pues ni lo uno ni lo otro. La respuesta es algo más compleja que un simple 'no sonríen porque la atención debe recaer en la ropa', aunque esta teoría-del marco-que-no-distraiga-del-cuadro también influye, al contrario de lo que ocurría en los 90, cuando las modelos ejercían un mayor reclamo que los diseños que vestían.

Tras esa estudiada pose entre lánguida e indolente hay casi tanto engranaje como tras el azul cerúleo de Miranda Priestly. Un bagaje cultural que nos remite a las carte-de-visite, esos retratos de la alta sociedad creados en París a mediados del siglo XIX, en los que la flor y nata no dudaba en mostrar un aristocrático desdén como símbolo de estatus. Porque la sonrisa, básicamente, actúa como un lubricante social; prescindir de ella es admitir que no se tiene la necesidad de interactuar con nadie.

La moda de pasarela, en efecto, no necesita aparentar que desea interactuar con nadie. Su pretensión no es otra que resultar un objeto de deseo para el espectador. Los objetos de deseo no miran a nadie, y muchos menos les sonríen de manera cómplice. Con ellos, la mirada es unidireccional. Simplemente, están ahí para ser adorados.

La fotografía de moda de comienzos del siglo XX heredó ese clasismo, como demuestran los célebres retratos de Cecil Beaton o de Horst P. Horst, por ejemplo. Además, la no-sonrisa deliberada se ha considerado siempre, pero sobre todo desde la era eduardiana, una muestra de autocontrol emocional propio de las clases más civilizadas de Europa. El say cheese quedaba para el vulgo, siempre más visceral. Tanto es así que, cuando Galliano presentó su colección de primavera-verano 2006 en París con un plantel de modelos (entre los que había enanos, abuelas, gigolós o gemelos pelirrojos) riendo a mandíbula batiente, la crítica le reprochó que la puesta en escena restara importancia a los diseños. De nuevo salió a relucir la 'teoría del marco'.

De todos modos, es el diseñador en cada caso quien tiene la última palabra. Y la mayoría de los desfiles terminan, pese a todo, en un estadillo de sonrisas de los modelos junto al director creativo. Como todos esperamos que terminen las cosas en la vida misma.

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