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¿Estás preparado para ser padre?

Es una experiencia incomparable, pero tiene serias consecuencias en nuestro estilo de vida. ¿Existe el momento ideal?
Isidre Estévez -
¿Estás preparado para ser padre?
¿Estás preparado para ser padre?

A menudo se dice que ser padre es la única ocupación en la que primero obtienes el título y luego cursas la carrera. Pasar de hijo a padre es un cambio existencial único. Las prioridades cambian irremediablemente y pasamos de ser el ombligo del mundo a externalizar ese papel hacia la indefensa criatura que nos cae entre las manos.

¿Por qué alargamos la decisión?

Si las mujeres españolas son, tras las italianas, las que más retrasan la maternidad en Europa (tienen su primer hijo a la edad de 30,55 años, según datos de Eurostat en 2015), los hombres españoles las superamos: 33,7 años. Y es una tendencia que no ha parado de aumentar desde los años 80. También tenemos cada vez menos hijos: estamos a la cola de Europa en fertilidad. Las razones son múltiples, pero las más importantes son la inestabilidad laboral y la falta de ayudas estatales para la conciliación laboral.

Al margen de las frías estadísticas, la decisión de ser padre tiene un alto componente emocional y está condicionada por factores sociales y culturales: la prolongada crisis económica de la que venimos ha retrasado la emancipación de hombres y mujeres, un factor crucial para plantearse el reto de tener hijos con todas las responsabilidades que conlleva. Desde el punto de vista cultural, también se ha impuesto la idea de que queremos disfrutar de la vida a fondo antes de comprometernos con las servidumbres de la crianza.

Javier Sánchez es ingeniero de telecomunicaciones y lleva cinco en Alemania trabajando para una multinacional energética. Tiene 42 años y acaba de ser padre de una niña, Saskia. Su mujer, Laura, tiene 39 años. “Emigramos a Alemania por razones económicas: en España no encontraba ninguna oferta de trabajo aceptable. Llevo diez años conviviendo con mi actual pareja y desde el principio sabíamos que queríamos tener hijos y fundar una familia, aunque hemos retrasado el momento por la falta de estabilidad financiera”. Al final, su decisión se materializó cuando los médicos les recomendaron que, si de verdad querían ser padres, no retrasaran más la decisión porque sus posibilidades de concebir disminuían.

Javier está feliz de su paternidad, aunque también le inquieta la distancia generacional con su pequeña: “Soy un padre mayor y tal vez no podré tener la energía para compartir con ella ciertas cosas. Cuando yo nací, mi padre tenía 26 años y me transmitió su entusiasmo por el deporte y la vida al aire libre. Recuerdo que hicimos juntos nuestro primer medio maratón cuando yo tenía 17 años y, por supuesto, me dio una paliza. Quiero transmitir esos valores a mi hija y, aunque me cuido y llevo una vida sana, cuando ella tenga 17 años yo ya tendré 59. Eso me obliga a hacer un esfuerzo extra por cuidarme, y me lo tomo positivamente”.

A menudo se dice que ser padre es la única ocupación en la que primero obtienes el título y luego cursas la carrera. Pasar de hijo a padre es un cambio existencial único. Las prioridades cambian irremediablemente y pasamos de ser el ombligo del mundo a externalizar ese papel hacia la indefensa criatura que nos cae entre las manos.

¿Por qué alargamos la decisión?

Si las mujeres españolas son, tras las italianas, las que más retrasan la maternidad en Europa (tienen su primer hijo a la edad de 30,55 años, según datos de Eurostat en 2015), los hombres españoles las superamos: 33,7 años. Y es una tendencia que no ha parado de aumentar desde los años 80. También tenemos cada vez menos hijos: estamos a la cola de Europa en fertilidad. Las razones son múltiples, pero las más importantes son la inestabilidad laboral y la falta de ayudas estatales para la conciliación laboral.

Al margen de las frías estadísticas, la decisión de ser padre tiene un alto componente emocional y está condicionada por factores sociales y culturales: la prolongada crisis económica de la que venimos ha retrasado la emancipación de hombres y mujeres, un factor crucial para plantearse el reto de tener hijos con todas las responsabilidades que conlleva. Desde el punto de vista cultural, también se ha impuesto la idea de que queremos disfrutar de la vida a fondo antes de comprometernos con las servidumbres de la crianza.

Javier Sánchez es ingeniero de telecomunicaciones y lleva cinco en Alemania trabajando para una multinacional energética. Tiene 42 años y acaba de ser padre de una niña, Saskia. Su mujer, Laura, tiene 39 años. “Emigramos a Alemania por razones económicas: en España no encontraba ninguna oferta de trabajo aceptable. Llevo diez años conviviendo con mi actual pareja y desde el principio sabíamos que queríamos tener hijos y fundar una familia, aunque hemos retrasado el momento por la falta de estabilidad financiera”. Al final, su decisión se materializó cuando los médicos les recomendaron que, si de verdad querían ser padres, no retrasaran más la decisión porque sus posibilidades de concebir disminuían.

Javier está feliz de su paternidad, aunque también le inquieta la distancia generacional con su pequeña: “Soy un padre mayor y tal vez no podré tener la energía para compartir con ella ciertas cosas. Cuando yo nací, mi padre tenía 26 años y me transmitió su entusiasmo por el deporte y la vida al aire libre. Recuerdo que hicimos juntos nuestro primer medio maratón cuando yo tenía 17 años y, por supuesto, me dio una paliza. Quiero transmitir esos valores a mi hija y, aunque me cuido y llevo una vida sana, cuando ella tenga 17 años yo ya tendré 59. Eso me obliga a hacer un esfuerzo extra por cuidarme, y me lo tomo positivamente”.

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¿Y por qué somos padres 'precoces'?

Si la paternidad tardía tiene sus inconvenientes, la precoz también plantea problemas. Es el caso de Jordi Salabert, diseñador gráfico que a sus 29 años tiene una hija de 4, Emma, y un bebé de 6 meses, Aleix. Su decisión fue consciente aunque a veces incomprendida: “Ser padre veinteañero no siempre se lleva bien, pero más en mi entorno que en mi experiencia personal. Muchos de mis amigos me decían que si estaba loco, que se me iba a acabar la vida, que no sabía dónde me metía. Es cierto que tienes que renunciar a muchas cosas, como salir de fiesta sin preocuparte de a qué hora te vas a levantar a la mañana siguiente o hacer viajes a lugares remotos en plan mochilero. Pero a mí me compensa: ser padre me ha cambiado la vida a mejor. Me ha ayudado a madurar, me he comprometido más con mi trabajo y he aprendido a sacar más partido a mi tiempo. Con mi pareja ya estamos planeando un viaje a Tailandia para el año que viene acompañados por los niños, y no nos parece imposible”.

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¿Cómo afecta a la pareja?

Otro temor habitual para tomar la decisión es cómo la presencia de un nuevo miembro familiar alterará la relación con nuestra pareja. El recién nacido es un ser absorbente, dependiente y necesitado de atención constante. Según el psicoterapeuta José Antonio García Higuera, “la relación de pareja cambia de forma drástica: el niño es el foco total de atención. Se crea un proyecto común que puede unir a la pareja de forma muy importante. Sin embargo, no hay que olvidar la relación de pareja y hay que mantener la comunicación. En cuanto el crecimiento del niño lo permita, es conveniente dedicar tiempo a estar juntos y solos”.

La figura tradicional de un padre trabajador, cuya responsabilidad se centra en proveer recursos para la economía familiar mientras la madre se centraba en los cuidados, está pasando a la historia. Eso no nos lo pueden quitar: los padres cada vez nos implicamos más en el cuidado de los hijos.

Por otro lado, los modelos de unidad familiar se multiplican: familias monoparentales, homoparentales, divorciados, con hijos adoptados o fruto de la maternidad subrogada, frente al modelo familiar único de antaño. Los roles de género evolucionan irremediablemente. Para Paco Abril, profesor en la Universidad de Girona, sociólogo e investigador en temas de género y masculinidades, “el hecho de que cada vez menos mujeres asuman a tiempo completo el rol de cuidadoras ha movilizado a muchos hombres a asumir un papel más activo en el cuidado de los hijos. Además, en muchos casos los hombres ya no son los únicos, ni siquiera los principales proveedores financieros de la familia. Esto hace que el reparto de los cuidados tienda a equilibrarse entre hombres y mujeres”.

Una tendencia que aún no es predominante, pero que va ganando posiciones. En las nuevas parejas, el reparto de los cuidados suele seguir la lógica económica y de disponibilidad de tiempo con la llegada del hijo: quien tiene una mejor posición laboral, posibilidades de promoción y mejores ingresos es quien suele orientarse al empleo mientras que el otro miembro de la pareja que tiene una peor posición laboral o dispone de más tiempo se orienta a los cuidados. Pero Abril alerta: “Esta lógica suele perjudicar a la mujeres, que siguen estando afectadas por una mayor discriminación y desigualdad laboral y salarial. Además, a esto hay que sumar ciertos patrones de género que dan por sentado que las mujeres son cuidadoras ‘naturales’. Muchas mujeres orientadas al empleo renuncian a sus objetivos por la presión externa e interna que las hace sentirse culpables si no ejercen de cuidadoras principales de sus hijos e hijas. Esta presión y culpabilidad no suelen sentirla los hombres”.

Lo que sí suelen sentir los hombres cuando se convierten en padres primerizos es cierto vértigo existencial: ¿traerá la paternidad consigo una pérdida irremediable de la libertad? ¿Dejaremos de tener vida social o tiempo para nosotros mismos? ¿Alterará la irrupción de un retoño la relación que tenemos con nuestra pareja? La respuesta es, como en otras muchas cosas, depende. Si nuestra decisión es madura y consciente, sabremos decidir si lo que ganaremos con la paternidad vale la pena sobre los cambios que tendremos que afrontar para adaptarnos a la nueva situación. Una decisión personal y totalmente intransferible que sólo podemos tomar nosotros mismos.

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Una familia numerosa

Gerard Pagès y Kairo son padres de 4, dos niños y dos niñas, a los que llaman 'Los 4 fantásticos'. “No paran. En serio, no paran quietos ni un minuto. En serio, no paran”, recalca. Pero Gerard se lo toma con filosofía: “La vida me ha cambiado, sí… ¿A mejor? ¿A peor? La vida siempre cambia, es un viaje. Que sea mejor o peor no depende de nada más que de tu propia actitud”.

La razón de que sean familia numerosa se debe a que escogieron ser padres a través de la gestación por subrogación. Tras varios intentos fallidos, y aconsejados por los médicos, se insertaron con óvulos fecundados a dos mujeres para aumentar sus probabilidades. Ambas quedaron encinta y de embarazos dobles. Su caso fue el de una inmersión intensiva en la paternidad y admite que aún le queda mucho por aprender: “Todo se basa en descubrir cosas juntos y tener paciencia. Lo más importante que he aprendido es a vivir la vida disfrutándola con mis enanos”.

No echa en falta su vida anterior: “No tengo la sensación de haber dejado nada atrás ni de estar perdiendo oportunidades… Cada edad nos pone en nuestro sitio y tengo la suerte de disponer de fuerzas, tiempo y buenos amigos como para no echar nada de menos… Bueno… puede que viajar con la facilidad... Pero sé que en unos años, cuando mis hijos crezcan, podremos viajar por el mundo. Ya estamos planeando un viaje por África para cuando cumplan siete”.

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La conciliación laboral en Europa


En España, el permiso de paternidad se ha ampliado recientemente de dos a cuatro semanas. Hasta el año 2004, los padres tenían derecho a dos días.

En los países nórdicos, Noruega va en cabeza, con un permiso de hasta 112 días. Le siguen Islandia y Eslovenia, con 90 días, y Suecia con 70.

En Liechtenstein,  los padres no tienen ningún día y las madres disponen de 56. Es el más corto de Europa. Le siguen Holanda y Malta, con 2, y Suiza y Turquía con 3.

En Alemania, la baja se comparte entre los progenitores y es de 14 semanas.

Europa del Este contempla desde los 15 días de Bulgaria hasta los 5 de Hungría. En Polonia, 14 días; Rumanía, 10; y en Serbia, Bosnia y Croacia, 7.

Austria es el único país con más permiso para los hombres que para ellas. La madre cuenta con 112 días al 100% de ayuda, mientras que el padre dispone de uno a tres años según la ayuda que elija: un porcentaje de la última nómina durante un año o 436€ al mes durante tres años.

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Lo que más nos asusta de ser padres

Según Paco Abril, sociólogo especializado en asuntos de género, “uno de los principales miedos de los varones es sentir que no se está capacitado para cuidar. Tradicionalmente, es una habilidad que se ha asignado a las mujeres y de la que los hombres se han (auto) excluido. La realidad nos dice que los hombres tienen las mismas capacidades”.

Los hombres también tendemos a tener un estilo menos protector, algo que tradicionalmente se considera más masculino: “Sienten que educan con mayor independencia, propiciando un aprendizaje más autónomo. Pero les preocupa la disyuntiva entre tener el justo punto de autoridad, que se supone debe ejercer el padre, con el afecto y el apego que desean tener con sus hijos e hijas”.

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