Hay que saber ganar ...

Jordi Martinez -
Hay que saber ganar ...
Hay que saber ganar ...



Oye… ¿Y cómo es en persona?” “¿Es simpático?” “¿Es cercano?” “¿Es humilde?” “¿Es un buen tipo?” “¿Es amable?” “¿Es….?” En los últimos días me he enfrentado a decenas de variantes de la misma pregunta, que, sospecho, tenían un par de cosas en común. TODAS estaban formuladas con el colmillo más bien retorcido y TODAS estaban esperando (deseando, diría yo) recibir la misma respuesta: un morboso “NO” con su jugoso añadido correspondiente, claro. “No, es superantipático”, “no, es un pedazo de divo”, “no, es un prepotente”, “no, es borde a morir”… Y todo por haberme pasado un rato jugando al futbolín y entrevistando a una de las personas más famosas del mundo.

Es cuanto menos curioso. El mismo día también me tocó compartir escenario y charla con toda una leyenda del baloncesto, y con la deportista española más laureada en los Juegos de Río. ¿Y sabes qué? A nadie le dio por preguntarme si Pau era un buen tipo, o si Mireia era amable y cercana...

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Claro que, bien mirado, a nadie tampoco le dio por plantearme la que me parece una cuestión muchísimo más interesante que todas las anteriores: “¿Tienen estas tres superestrellas del deporte algo en común?”.

Porque sí. La respuesta es un SÍ. Sin morbo y sin añadidos. El Cristiano que me confesaba que en cuanto acabara todo aquel tinglado se iría a jugar con su hijo, el Pau afónico que se partía de risa por su falta de voz y tranquilizaba a alguien (¿su madre?) por WhatsApp y la Mireia que compartía secretos con la maquilladora mientras le señalaba a dónde habían ido a parar los tres kilos que había puesto desde las Olimpiadas, tenían algo en común: los tres parecían tener muy claro lo que es realmente importante.

Los tres parecían vivir con la cabeza en el Olimpo y con los pies en el suelo. Los tres parecían haber oído aquella frase que dijo una vez Cate Blanchett, una de las mejores actrices del mundo: “Ganar un Oscar está bien… Pero un Oscar no te abraza por las noches”.

Los tres parecían sospechar que un Balón de Oro y una medalla olímpica… tampoco. Y los tres, estoy seguro, hubieran respondido a los “¡qué suerte tienes, tío, que has estado con Cristiano Ronaldo!” con la misma frase que yo.

“No. Qué suerte tengo, tío, que tengo a alguien a quien llamar para contarle cómo me ha ido”.

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