Crónica de la etapa 4, sueños rotos

El despertador es un cacharro innecesario cuando no has pegado ojo en toda la noche. Hemos tratado de descansar como crisálidas, tapados dentro del saco de dormir y bajo una gruesa y pesada manta que ayer por la noche nos facilitó la organización a todos y cada uno de los participantes. En la fila a unos cuantos se les olvidó por un instante lo del “espíritu titan” y lo de pedir tanda. Por suerte este comportamiento egoísta y egotodo no deja de ser ocasional, residual y, por lo vivido en ese momento, también difícil de erradicar al cien por cien.
Sergio Fernández Tolosa -
Crónica de la etapa 4, sueños rotos
Crónica de la etapa 4, sueños rotos

El despertador es un cacharro innecesario cuando no has pegado ojo en toda la noche. Hemos tratado de descansar como crisálidas, tapados dentro del saco de dormir y bajo una gruesa y pesada manta que ayer por la noche nos facilitó la organización a todos y cada uno de los participantes. En la fila a unos cuantos se les olvidó por un instante lo del “espíritu titan” y lo de pedir tanda. Por suerte este comportamiento egoísta y egotodo no deja de ser ocasional, residual y, por lo vivido en ese momento, también difícil de erradicar al cien por cien.

Viento de cara limando nuestras fuerzas.

Ya en pie, Alfonso y Serafín aparentan estar medio enteros (podríamos decir medio partidos, pero nosotros somos optimistas patológicos).

Yo alucino. Después de la etapa de ayer aún les quedan fuerzas hasta para bromear. Esta noche, como teníamos a un roncador inhumano a nuestro lado, Alfonso se ha puesto a modo de tapones auditivos dos gominolas energéticas Ride Shot de limón. “Es lo único que tenía a mano. Ahora debo de tener las orejas perfumadas”, suelta sonriendo camino del baño.

Otro perfil con forma de peine. Otro perfil con forma de peine.

Hoy nos esperan 135 km con 1.400 metros de desnivel positivo. El tiempo límite son 12 horas. Son cerca de las 8 de la mañana y sabemos que dentro de nada ya estaremos afrontando una dura ascensión que culmina con un puertazo de 4 km que gana nada menos que 400 metros del tirón.

Poco después de la salida percibimos que las fuerzas no están como ayer. La super etapa de montaña anterior está pasando factura y lo que ayer Alfonso y Serafín encaraban con plato mediano hoy pronto les reclamará el pequeño. El suave murete inicial es un primer aviso, pero la cosa no pinta tan mal al principio, pues la pista tiende a llanear y bajar hasta el kilómetro 25, donde cambiará de sentido y tendremos que admitir al sufrimiento como compañero de viaje. Por eso ahora vamos rodando fácil, en plato grande, por una inmensa llanura de piedras dividida por la pista. Vamos a casi 30 km/h. Qué felicidad.

Hasta que el sueño se desvanece.

Todo ocurre al cruzar un oued seco de unos 30 metros de anchura, en cuyo lecho descansan grandes cantos rodados, del tamaño de sandías. Yo voy delante, optimista. Mis chicos están que se salen. El puerto será muy duro, pero lo vamos a conseguir. Estoy convencido de que lo van a lograr. Solo hay que mantener el tandem en forma y regular las energías.

Y entonces ocurre lo inimaginable. Al salir del oued, en una dura rampa, la cadena del tandem se traba y hace que Serafín y Alfonso se queden sin tracción, pierdan el equilibrio y caigan hacia un lado. Se levantan sin problema en cuanto logran liberar los pies de los pedales (no saltan como deberían pues están montados al revés, como explicamos en las primeras crónicas). Están bien, pero no entienden qué ha pasado. Da igual. No importa. Son cosas que pasan. E intentan arrancar, pero no pueden. Algo va mal. Me llaman. Me acerco. Y no me creo lo que veo. Han doblado el plato grande. Los muy brutos han doblado el plato como si fuera de plastilina. Nos quedamos sin palabras que se puedan pronunciar en horario infantil.

Si Salvador Dalí hubiera sido biker quizá habría imaginado algo parecido a esto. Si Salvador Dalí hubiera sido biker quizá habría imaginado algo parecido a esto.

Hay que pensar rápido. Hay que encontrar una solución. Hay que seguir. Hay que encontrar unos alicates gigantes para arrancar lo que queda de plato y seguir con los otros mientras se pueda. Alejandro y Nuria, otros dos habituales en la parte trasera del pelotón de la Titan Desert, nos recomiendan usar una piedra de las que estamos pisando.

Tomamos nota de la idea, pero el sistema troglodita no lo acabamos de dominar. Entonces aparece de la nada y como por arte de magia un hombre que viaja en camión. Además de una sonrisa enorme trae consigo una caja de herramientas. Se llama Ibrahim y va a convertirse en nuestro mecánico de urgencia. Desconocemos si el reglamento contempla tales asistencias como “legales”, pero a nuestro modo de ver esto forma parte del encanto de viajar por un país en el que la gente está siempre dispuesta a ayudar al prójimo. A partir de aquí, nos despedimos de Ibrahim con un fuete apretón de manos y me hago una foto con él y con sus alicates. Solo tenemos dos platos, pero no nos rendimos.

Con Ibrahim, agradecidos, y sus alicates. Con Ibrahim, agradecidos, y sus alicates.

El siguiente escalón con el que topamos es el anunciado portalón: de entrada no vemos muy bien por dónde vamos a subir las montañas que tenemos delante, pero la paciencia y el tesón pronto traen frutos. Lo que parecía una entrada al reino de las alturas acaba siendo un simple tobogán. Alfonso maldice la orografía del Atlas. Le entiendo perfectamente, pero la verdad es que desde mi bicicleta yo presiento y disfruta estas montañas como un algo especialmente bello.

Intento concentrarme. Sé que enseguida va a llegar el momento de la verdad. En el perfil han dibujado una aguja puntiaguda que da miedo. Probablemente tengamos que andar un rato, como ayer. Sé que será un buen momento para liberar a Alfonso de la mayor carga posible. Por eso, cuando llegamos al paredón y deciden caminar unos metros, les robo el tandem, que aso por la potencia con la mano derecha y me escapo pista arriba sin darles opción a rechistar. Aquí empieza mi labor. Noto cómo me sube el pulso. Voy a 175 pulsaciones. El tandem en una mano. Mi bici en la otra. Los pies se tambalean sobre las piedras del camino, que de vez en cuando da una breve tregua, pero me paso casi una hora empujando. Ellos dos vienen justo detrás de mí, caminando hacia la cumbre, que alcanzamos felices, sabedores de que vamos limando metros a la etapa maratón.

El descenso es alucinante. En un momento estamos en el pueblo, que desde arriba intuíamos entre el palmeral, que destacaba bajo las rojizas paredes del desfiladero. En el avituallamiento hacemos cálculos. Vamos justos de tiempo, no hay que perder ni un segundo, pero las fuerzas empiezan a flaquear y ahora viene una larguísima subida, en la que para más INRI tendremos el viento en contra. Es un altiplano lleno de sube y bajas en el que no existe parapeto posible. El ritmo decae, aunque no las ganas de seguir luchando. Yo atravieso un bache tremendo a mediodía, hacia el kilómetro 70 de etapa. Sé que he de aguantar, mantener el ritmo delante, abrir un poco de hueco en la tapia invisible que nos ha levantado Eolo. Sé que en algún momento volverán las fuerzas. Ingiero todo lo que puedo, pero el estómago también está cansado.

Subida fuerte saliendo de un oued, un oasis y una aldea. Subida fuerte saliendo de un oued, un oasis y una aldea.

Al cabo de un par de horas más de subidas, entramos en una aldea y montamos un nuevo espectáculo. Se ha roto la cadena. Para ahorrar tiempo le ponemos un link rápido y seguimos casi sin parar. Al cabo de un rato, en un descenso, parece que la cadena se ha vuelto a salir. O es que estaba mal puesta (yo me había encargado de ello). Da igual. Nadie protesta. Nadie critica. Todos hacemos lo que podemos.

El descenso continúa, muy rápido. El perfil dibuja una línea descendente casi hasta la meta, donde nos espera un repecho final de un kilómetro. Volvemos a ser optimistas. La bici está tocada, pero si esto baja llegamos a meta dentro del plazo máximo.

El cauce del oued de la parte final de la etapa, tan bello como frustrante. El cauce del oued de la parte final de la etapa, tan bello como frustrante.

Pero no. Esto no baja. Bueno, bajar sí baja, pero a través de un oued en el que para avanzar a 8 km/h hay que pedalear con fuerza. Y eso cuando no has de caminar sobre el interminable lecho de cantos rodados. Alfonso vuelve a maldecir. Hemos tenido mala suerte de llegar a este lugar precisamente hoy, pero siendo objetivos, el lugar es sin duda precioso. Pasamos cerca de varios pueblos situados junto al oued, con sus palmeras y sus khasbas de adobe.

Cruzando el oued en uno de los pasos más simples. Cruzando el oued en uno de los pasos más simples.

Luego el río empieza a llevar agua. Cada vez más. En el primer vadeo mis chicos dudan. Yo no. Me tiro de cabeza. El agua nos llega por las rodillas. Es mejor pasar bajados, para evitar sustos. Lo cruzaremos una docena de veces, sino una quincena, antes de perder la paciencia y tratar de atravesarlo sin bajarnos. En una de éstas la cadena vuelve a salirse. Otros dos minutos para colocarla, sino tres. El tiempo vuela y nosotros no. Al salir del oued, nos espera una pista ancha de fácil rodar, pero el viento nos empuja hacia atrás. No quiere que lleguemos. Estamos vacíos, pero Alfonso y Serafín siguen acoplados. Es increíble. La última subida la encaramos sabiendo que llegamos tarde. Nos van a faltar diez o quince minutos. El sol se está poniendo y ha teñido el firmamento de color púrpura. La silueta del tandem dibuja una imagen que intento captar con la cámara. Les veo y comprendo lo que es luchar juntos por un mismo objetivo. De principio a fin. Sin desconfiar del esfuerzo incondicional y altruista del otro.

Cuando alcanzamos la meta, allí están Félix Dot (director de la prueba) y Rubén Peris (responsable del arbitraje), entre otros. Nos saludan efusivamente, hablan por megafonía, nos entregan un Powerade fresquito. Es emocionante, pero, incomprensiblemente, experimento una cierta distancia. Debería serlo, pero esto no es una fiesta. Falla algo. Allí mismo, Rubén le comunica a Serafín que hemos llegado tarde y que el control de llegada está cerrado desde hace 15 minutos. Ni nuestros nombres ni el de nuestro patrocinador, la Fundación Tecnología Social, aparecerá en las clasificaciones a partir de ahora.

A partir de ahora, estamos fuera de carrera. Es como si hubiésemos abandonado. No es justo, pero nosotros no hemos hecho el reglamento y tampoco somos los encargados de aplicarlo. Detrás de nosotros llegarán dos personas más, ya en la oscuridad de la noche. A ellos tampoco les reconocerán el mérito de haber completado la Titan Desert 2010.

A mí personalmente me importa muy poco no aparecer en ninguna clasificación. A Serafín y Alfonso les ocurre exactamente lo mismo. Pero a los tres por igual nos duele que no exista una lista que reconozca a los que no se retiran, a los que luchan hasta el final. También nos molesta que el reglamento se aplique a veces sí a veces no. O como mínimo, a veces de una manera a veces de otra. Si mañana hubiese otra etapa difícil comprenderíamos su decisión, pero mañana es un paseo de 55 km hasta Ouarzazate. Lo difícil lo hemos hecho ya.

Hemos tenido mala suerte hoy con el tandem. De no haberse roto el plato en el kilómetro 10 de la etapa, seguramente habríamos llegado a tiempo.

Da lo mismo. Minutos después del duro revés de la decisión del director arbitral, entrábamos en la jaima comedor donde 300 ciclistas se calentaron las palmas durante un emotivo minuto en homenaje a la gesta que acababan de completar Alfonso y Serafín en el tandem. Esa noche, después de cenar, no les quedaban ganas ni de ducharse ni de nada. Tampoco pudieron dormir. La cabeza les daba vueltas, como a mí. Buscábamos una explicación. Sentíamos rabia. Sabíamos que no era justo: apenas 15 minutos después de 12 horas de esfuerzo.

500 metros antes de la línea de meta, el horizonte nos regala una puesta de sol espléndida. 500 metros antes de la línea de meta, el horizonte nos regala una puesta de sol espléndida.

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