Miedo escénico

Sergio Fernández Tolosa -
Miedo escénico
Miedo escénico





En uno de mis viajes, a mitad de camino entre la costa oeste de los EEUU y las Montañas Rocosas, perdido dentro de un cañón de arenisca en el Parque Nacional de Canyonlands y con un tobillo hinchado como si fuese la pata de un elefante, tuve la suerte de conocer a uno de los mejores escaladores de paredes de roca y hielo de Norteamérica. Su nombre es Clay Wadman (www.diamondproductionstudios.com).

Después de rescatarme y llevarme a una clínica donde me diagnosticaron un severo “twisted ankle”, Clay me ofreció su casa en Telluride (Colorado) como hospital hasta que me hubiese recuperado y pudiese continuar viaje.

Al cabo de unos días, Clay viajó a Alaska con un escalador más joven y con mayor nivel en vías deportivas en paredes de granito y arenisca que él. El objetivo de ambos era escalar una vía mixta muy expuesta en una montaña muy remota. Pagaron un pastón por los billetes de avión, la comida liofilizada, el exceso de equipaje y la avioneta hasta el recóndito paraje donde empezaba el trekking de aproximación a la pared.

Tras semanas de preparativos y varios días de viaje y marcha, en el primer día de escalada, el joven amigo de Clay se vino abajo metafóricamente hablando. Había leído y estudiado cientos de crónicas y reseñas de paredes como aquella, pero nunca había estado escalando con las manos desnudas sobre la gélida roca, azotadas día y noche por el viento helador procedente del Ártico, colgando de una cuerda mientras veía y oía caer bloques de hielo y avalanchas que se desprendían a su alrededor de forma imprevisible y constante.

Sin dudarlo un instante, le dijo a Clay que lo sentía, que aquello era un suicidio. Que ahora entendía lo que era la escalada en mixto de alta exposición y que él no había nacido para ello. Que lo sentía pero que tenían que regresar por donde habían venido, con la comida y los bártulos que habían traído desde Colorado para estar varios días viviendo en aquella pared en la que no podía aguantar ni un minuto más.

Sospecho que más de uno, sin necesidad de haber ido hasta Alaska a escalar una montaña de hielo, ha tenido esta misma reacción. Yo, más de una vez. Aunque no siempre he dado media vuelta.

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