¿Eres ortoréxico?

Si la alimentación saludable se ha convertido en una obsesión para ti... esto te interesa.
Samuel Valiente -
¿Eres ortoréxico?
¿Eres ortoréxico?

'Bueno' es relativo

¿Se puede tener una obsesión malsana por comer sano? Parece una contradicción evidente, pero si uno lo piensa, en realidad no lo es: una obsesión siempre es una obsesión, aunque persiga una finalidad supuestamente positiva. Es más, tal vez resulte aún más peligrosa, pues la amenaza se oculta entre un montón de buenos propósitos, es aceptada socialmente y, por qué negarlo, ofrece unos resultados a priori más que satisfactorios. Así que, de inocuo nada: podríamos estar ante un fenómeno con un potencial expansivo imparable.

Ortorexia. Esa es la palabra. Viene de orthos, que en griego significa “correcto”, y orexis, “apetito” en la lengua de Aristóteles. Sin embargo, no es ni mucho menos un término de los tiempos del filósofo: fue acuñado en 1997 por el doctor Steven Bratman, quien colocó la ortorexia al mismo nivel que enfermedades por todos conocidas como la anorexia o la bulimia. ¿Y lo está? No, en realidad. Al menos no oficialmente, según nos explica Antoni Grau, jefe de Investigación y Conocimiento del Instituto de Trastornos Alimentarios de Cataluña (ITA). “La ortorexia no está tipificada como trastorno según la American Psychiatric Association, por lo que no podemos decir que sea una enfermedad”, asegura Grau, que prefiere hablar de ella como un “trastorno evitativo-restrictivo”.

Entonces, ¿de qué va la ortorexia? ¿Si no te gusta comer kebab-extra-de-carne cada viernes noche ya lo eres? Obviamente, no es así. Ni falta hace recordar que comer bien no tiene nada de malo (¡somos Men’s Health por algo!). El problema viene cuando ello interfiere en otros aspectos de tu vida, como puede ser tu bienestar emocional, tu vida social o, paradójicamente, tu salud. Piénsalo: ¿es saludable andar todo el día preocupado por aquella galleta con chocolate que te comiste por la mañana? ¿Es recomendable dejar de ir a una cena por miedo a que el bufé no incluya una opción ecológica? ¿Y dedicar varias horas al día a planear tu dieta? La respuesta es evidente: no, no lo es.

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Un mal bien visto

Quizá lo que hace más peligrosa a la ortorexia es que no parezca peligrosa. Al contrario: las personas que la padecen a veces son admiradas, incluso envidiadas, por su buen aspecto y por su fuerza de voluntad. Antoni Grau trata a diario con personas afectadas por trastornos alimenticios, desde anoréxicos y bulímicos hasta ortoréxicos, y asegura que, aunque todas ellas responden a patrones similares (baja autoestima, personalidad rígida y obsesiva, necesidad de control), la actitud de estos últimos es muy particular. “Los ortoréxicos defienden a capa y espada que lo que hacen está bien; se sienten superiores al resto, presumen de su condición”, asegura Grau. Este hecho hace que la ortorexia sea un trastorno difícil de tratar: quienes lo sufren no suelen reconocer que tienen un problema. ¿Cómo vas a hacerlo si el mundo entero parece estar dándoles constantemente la razón?

Uno sólo tiene que darse un paseo por Instagram para corroborarlo: hashtags como #eatclean o #fitfood son hoy en día el paradigma de lo cool, auténticas fábricas de “me gustas”. Y en las ciudades también es visible: los restaurantes de comida ecológica surgen como setas, cuando hace pocos años eran algo del todo minoritarios, incluso visto con recelo por el grueso de la sociedad. ¿Y el veganismo? Sólo hay que comprobar los datos: según el Vegetarian Resource Group, el número de veganos en Estados Unidos se cuadriplicó entre 2009 y 2012 (no existe tal registro en España). Así que si hay algo evidente es que la población mundial está cada vez más preocupada por su salud. Y sí, ése es un dato a celebrar… siempre que esta preocupación no se convierta en una obsesión que nos impida vivir en paz.

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Podría pasarte a ti

Es hora de separar el grano de la paja. A estas alturas, te estarás preguntando: Dios mío, ¿soy ortoréxico? Pues bien, vamos a comprobarlo.

Hemos hablado con Mª José Moreno, psicóloga de la Clínica Alimmenta de Barcelona, quien tiene bien claro cómo diferenciar la ortorexia de la simple y llana buena alimentación. Y todo se podría reducir a una cuestión muy concreta: “Quien cuida su dieta sabe que, si un día se la salta, no pasa nada, mientras que el ortoréxico tendría un sentimiento de culpa tan fuerte que prefiere evitar exponerse a ese tipo de situaciones”. La culpa es clave, pero también lo es la dedicación enfermiza a la alimentación: pasar varias horas al día maquinando la dieta, comprar comida sin cesar, cocinar, mirarse compulsivamente al espejo… En definitiva, hacer de la alimentación y la salud el centro de toda la vida, dejando de lado otras cuestiones igualmente importantes como pueden ser lo afectivo y social. “Los ortoréxicos pueden renunciar a planes muy placenteros, como son encuentros con amigos, excursiones o incluso viajes a otros países por miedo a no poder seguir con su dieta estricta”, explica Moreno.

La ortorexia es un trastorno alimenticio atípico si lo comparamos con otros más conocidos, como son la anorexia o la bulimia. A diferencia de éstas, la ortorexia afecta sobre todo a personas de un nivel sociocultural medio-alto, usualmente dotados de estudios universitarios, aficionados al deporte y con una media de edad que oscila entre los 25-35 años. Además, se encuentra por igual en ambos sexos, mientras que las otras dos afectan sobre todo a chicas adolescentes.

¿Significa esto que ortorexia y anorexia/bulimia son muy diferentes? En realidad, no tanto; según el doctor Antoni Grau, un caso de ortorexia puede desembocar en algo más grave, como anorexia, en determinados estadios. “Las personas afectadas tienen aspectos muy similares: inseguridad, obsesión, necesidad de control y pensamientos intrusivos que acaban colonizando su vida mental”, explica. Además, ambos trastornos tienen en gran parte un origen social: la extrema presión hacia la delgadez, que podría estar mutando hoy en cierta obligación por cuidarse. “Hoy en día es cool comer alimentos exclusivos y caros”, explica Grau, que considera este tipo de dietas muy “limitadas” y que generalmente acaban dejando al individuo por debajo de su peso ideal.

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Tipos de ortoréxico

El negacionista

Aunque dedique varias horas al día a gestionar su dieta, otras tantas a comprar en supermercados especiales y alguna que otra a cocinar. Aunque sienta una tremenda ansiedad cuando ve que se va a saltar su dieta. Aunque se esté distanciando de familia y amigos por algo tan banal como su conducta alimentaria. Pese a todo ello, no: el ortoréxico no reconocerá el problema. Lo negará.

La psicóloga Mª José Moreno nos habla de una “percepción interesada de la realidad” por parte de muchos ortoréxicos. Igual que una persona anoréxica se ve gorda en el espejo por muy delgada que esté, el ortoréxico ve amenazas a la salud por todas partes, dando por buena cualquier nueva teoría sobre alimentación saludable, por mucho que esté sin contrastar. Así, si un día lee en un blog que el atún contiene altos niveles de mercurio, relacionará este pescado con enfermedades como el cáncer y lo eliminará fulminantemente de su dieta. “Prestan atención a lo que hay en su entorno y lo usan para reafirmarse”, explica Moreno. Gracias a esa percepción interesada resulta más fácil aquello de: “No tengo ningún problema… el problema lo tenéis los demás”.

El autoflagelador

Estaremos todos de acuerdo en que el sentimiento de culpa no es plato de buen gusto. Pues bien: imagínate sentirlo cada vez que te saltas tu dieta. Piénsalo: ¿en cuántas ocasiones comes algo que no tenías planeado? Aquella bolsa de patatas en el campus, el plato de lentejas en casa de tu suegra, un bocadillo urgente porque te morías de hambre… Nuestro día a día está lleno de imprevistos y el de los ortoréxicos, aunque les pese, también. Es por ello que la culpa está presente en sus vidas casi todo el tiempo. “Si dudan de lo que han comido, pasan todo el día agobiados”, explica Mª José Moreno, que apunta a la culpa como uno de los mayores tormentos de quienes padecen este trastorno. Sentimiento de culpa y castigo: ¿te suena de algo? Exacto, otra vez similitudes con la anorexia y la bulimia, enfermedades que llevan al extremo la obsesión, pero que coinciden con la ortorexia en las emociones que esconden detrás. Es más, el psicólogo del ITA Antoni Grau llega a considerar la ortorexia como la antesala de la anorexia si no se ataja a tiempo.

El marginado

No cabe ninguna duda de que un comportamiento caracterizado por la necesidad de control permanente es incompatible con la improvisación. Por tanto, el riesgo de salir ahí fuera y dejarse llevar por los amigos o la familia es, para ellos, inasumible. Es lo que le pasó a mi amigo Carlos: su dieta era tan estricta que no podía aventurarse a salir a cenar con nosotros, salvo que eligiera él el restaurante. Siempre había discusiones al respecto, pues ir a un local vegetariano de vez en cuando está bien, pero no podía olvidar que el vegano era él y no nosotros. Al final, su nula capacidad de adaptación, sumada a su mal humor cuando nos veía comer mal y su conversación limitada a temas de dieta acabaron por separarlo del grupo. Entonces, ¿un ortoréxico acaba solo, rodeado de hojas de kale y montañas de tofu? Por supuesto que no. Lo que suele suceder es que se separa de su entorno habitual para acabar juntándose sólo con personas muy vinculadas a temas nutricionales. Y así entra en un círculo vicioso por el cual toda su vida gira en torno a su alimentación (y al entrenamiento).

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