Acaba con las discusiones de pareja

Se ha acabado el verano y os habéis visto... demasiado. Si perteneces a ese tercio de parejas que acaban las vacaciones de uñas, y deciden volar en solitario, o vuestro estado natural es la bronca, quizás debas plantearte cómo resolvéis los conflictos en casa. Nuestra guía te enseña qué debes decir y cómo decirlo
Men's Health -
Acaba con las discusiones de pareja
Acaba con las discusiones de pareja

“Vamos a sentarnos...”

El mejor momento

Cuando te pille con la guardia baja.

La has liado parda. Acabas de producir una hecatombe doméstica, y te ha pillado en falta (te dejaste abierta la puerta de la nevera, no guardaste el helado en el congelador, dejaste que el perro se subiera al sofá...).

Lo peor que puedes hacer es sentirte acorralado. “Si me siento atacado”, cuenta Antonio de Dios, director del servicio psicológico del USP de Marbella, “es porque hay algo en mí que siento que es atacable. Así que en estos casos no tiene demasiado sentido discutir nada; lo hemos hecho y ya está, reconozcámoslo”.

Pero sí merece la pena reconducir la conversación al dormitorio, que suele ser la habitación más tranquila de la casa. La idea no es que la discusión se reconduzca a otras actividades y ponerle poner punto y final.

“Lo que vamos a hacer es...”

El mejor momento

Para esas chapucillas que dijiste que ibas a hacer y todavía están pendientes.

Reconoce que se te hace una montaña colgar esos cuadros que llevan en una caja desde que os fuisteis a vivir juntos. Lo has prometido, pero “es que nunca es el momento”. Es posible que tu pareja te suelte una comparación con el novio de su amiga, u, horror de los horrores, con un amigo tuyo.

Si te está comparando con otra persona, lo que subyace es que interpreta tu dejadez como falta de interés o compromiso en la relación. No vale la pena discutir por discutir: date cuenta que esto puede desencadenar algo más profundo y peor. Así que en este caso, dile cuándo piensas colgar los malditos cuadros, dile por qué es importante no verla enfadada, y, sobre todo, cuélgalos de una vez.

“Salgamos a dar una vuelta...”

El mejor momento

Una vez al mes. Como un reloj.

A ti te ha ocurrido lo mismo, aunque te parezca imposible. ¿Recuerdas aquel día en el que comiste demasiado y te pusiste más irritable que Hitler en El hundimiento, o cuando el dolor de muelas casi hace que le ladres a un cliente? Pues la tensión premenstrual (o la menstrual) no son un mito.

Por causas biológicas tu chica puede estar hecha un basilisco, pero mencionárselo la va a ayudar tanto como te hubiera ayudado a ti que te recordaran el entrecot que te metiste entre pecho y espalda, o el empaste que te había saltado: nada. Además, a todos nos gusta creer que estamos siempre cargados de razón, así que descalificar cualquiera de sus quejas en base a las hormonas sólo conseguirá alimentar a su troll interior.

Los enfados, biológicos o no, tienen una curva y llevan su tiempo. No es buena idea enzarzarse en una discusión cuando uno de los dos está en pleno berrinche, porque los sentimientos hay que procesarlos. Salir a caminar, no necesariamente en pareja, permite meditar activamente y procesar los sentimientos”. A la vuelta, puede que la discusión se haya tranquilizado o que incluso haya dejado de existir. Sin que corra la sangre.

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“A ver si he entendido bien...”

El mejor momento

Cuando tratéis temas importantes: discusiones sobre el compromiso, el futuro juntos.

Preguntar es una herramienta utilísima”, explica nuestro experto, “es muy importante, a la hora de discutir productivamente, que estemos entendiendo realmente lo que nos dice la otra persona. Lo mejor es cambiar la defensa por preguntas, y averiguar qué es lo que preocupa realmente”.

Una bronca a causa de un sms excesivamente amistoso de una colega puede delatar así una inseguridad acerca de la relación. Preguntar, además, es una gran herramienta para ganar tiempo y ralentizar el ritmo del debate, o, dicho de un modo más inteligible, para calmar los ánimos.

“Soy un poco tímido”

El mejor momento

Cuando se enfade porque no muestras tus sentimientos.

No se trata de hacer el tonto, sino de explicar tu comportamiento. Hombres y mujeres no tenemos el mismo estilo de gestión emocional, y además tendemos a ver como en un espejo lo que al otro le pasa. Es decir, puede que ella piense que no le dices nada, cuando a ti te parece que ella te lo dice todo treinta veces.

Lo importante aquí es explicar bien por qué no necesitas compartir todo lo que sientes, o que si le dices que no sabes cómo te sientes respecto a algo, es que no lo sabes de verdad. Esto, que para ti es una verdad de perogrullo, a ella le suena a “no me apetece decírtelo o no quiero compartir contigo lo que siento”.

Dilo de entrada y no te verás forzado a expresar unos sentimientos que puede que ni siquiera sean verdaderos, y en cambio hagan mucho daño.

“Continúa...”

El mejor momento

Cuando esté hecha un basilisco.

A tu santa le ha salido esa vena genética italiana que no sabías que tenía y te está montando un numerito circense que incluye lanzamiento de vajilla e improperios variados. Si está más allá de razonar lo mejor es callarse y dejar que grite y grite.

En estas situaciones, los expertos en lenguaje no verbal recomiendan acudir al contacto físico para que baje la guardia y no enzarzarse en una competición de gritos. ¿Recuerdas que tu madre te decía que dos no se pelean si uno no quiere? Pues es el momento de ponerlo en práctica.

Además, en cualquier discusión hay que recordar que no siempre se puede llegar a un acuerdo”, dice De Dios. “En ocasiones se pierde tiempo riñendo en lugar de acordar que se está en desacuerdo.” Así que mejor optar por permitirle ventilar la furia. Considéralo una detonación controlada.

“¿Para qué estamos ahorrando...?”

El mejor momento

Cuando se trata de dinero.

“Bien me quieres, bien te quiero, no me toques el dinero”, cantaba Serrat. Con la crisis, las discusiones por cantidades que antes eran triviales se magnifican porque, inevitablemente, uno de los dos gana menos y se pone a la defensiva. “Hay que ser práctico. Ya no es sólo que nos pongamos a repasar el extracto de la cuenta conjuntamente, como que valoremos qué buscamos en la otra persona.

Si yo soy un manirroto, seguramente habré buscado una novia conservadora con el dinero porque es lo que me complementa, y viceversa. Se ha de escuchar las necesidades del otro para llegar a acuerdos. Por ejemplo, si la malgastadora es ella, una cena de lujo de vez en cuando posiblemente le compense más que estar comprando todo el tiempo. Y si yo soy el más avaro, esto me permite también desmelenarme de vez en cuando”, explica De Dios.  

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